martes, 20 de mayo de 2025

EN UNA NOCHE DE LAS BENDITAS ÁNIMAS (Crónica con base en un hecho real)

EN UNA NOCHE DE LAS BENDITAS ÁNIMAS

(Crónica con base en un hecho real)[1]

Corría el año de 1964 y el joven Carlos Cortés, habitante madrileño por aquellas calendas, frisaba entonces sus veintiocho abriles. Mucho le habían advertido que tuviese especial cuidado en no ir a cruzar por el frente de la capilla de las monjas, en el Instituto Zoraida de Sierra, un lunes en la noche, porque por allí asustaban. Su mamá, doña Rosa –la dueña de la fonda en inmediaciones de la Base Aérea de Madrid-, hartas veces que se lo había repetido:

-Los lunes a media noche o madrugando ya, en la esquina de las monjas se ven unas luces del lado de adentro, como si estuvieran en celebraciones religiosas y se oyen también unos cantos. ¡Tenga cuidado, mijo! ¡No vaya a pasar por allí! ¡De pronto se le aparecen las benditas ánimas del purgatorio, que están en pena, y se lo llevan!

- ¡No se preocupe, mamá, que eso por allí nunca pasaré a esas horas!

Pero aquel domingo del mes de octubre, Carlos había olvidado la recomendación materna. Estaba muy amena la reunión de integración con los compañeros de trabajo en el aeropuerto El Dorado, así que resolvió quedarse un poco más de lo prudente. Cuando el viejo reloj campanero de la cantina marcó la media noche y la dueña anunció que ya iba a cerrar, entonces fue que Carlos cayó en cuenta de lo tardísimo que era…

- ¡Hijuepadre, media noche! ¿Y yo ahora cómo le hago para irme pa´ Madrid?  A estas horas ya no hay transporte para allá…

El buen Carlos salió finalmente, como pudo, a la calle 80 y ya el reloj marcaba la una de la madrugada. Evidentemente ningún medio de transporte público funcionaba regularmente a esas horas, la esperanza que le quedaba era que un carro particular le diera el aventón hasta Madrid o al menos hasta Mosquera. De ahí en adelante él seguiría a pie. De buenas estuvo porque una enorme tractomula cargada con ACPM lo llevó hasta el propio Madrid, a pesar que la carretera entonces era llena de baches y se veía poco transitada a esas horas. Muy contento Carlos y muy agradecido le fue a pagar al conductor, pero este no le quiso recibir el dinero…

- ¡Eso déjelo pa´ la media e ‘guaro! Le dijo entre chiste y chanza

Echó a caminar lo más rápido que pudo, hacia El Loreto, barrio donde vivía con su mamá, esposa y su única hija en ese momento. Era una noche pesada, muy densa, neblinosa y sin luna. Cuando Carlos empezó a aproximarse al parque central de la iglesia, pareció como si de repente el ambiente circundante se hiciera más etéreo y denso. Lo único que le quedaba era apurar los pasos y hacer más largas las zancadas para dar rápido el mal paso y arribar cuanto antes a la casa. Llegó en cuestión de pocos minutos a la Casa de los Córdoba, en la esquina oriental del parque. Desde ahí debía cruzar el parque por el corazón del mismo y alcanzar la temida esquina de las monjas en el Colegio Zoraida. Se subió el cuello de la chaqueta tapándose las orejas, enfundó las manos en los bolsillos del pantalón del overol y echó andar con pasos que casi eran ya de galopa. Cuando iba un poco más de la mitad del parque, ya aproximándose a la capilla Zoraida, de repente escuchó unos cánticos en latín, que nunca jamás él había oído por ahí, ni siquiera de día…

- ¡Ave María, gratia plena! Dominus tecum… Benedicta tu in Mulieribus et benedictus fructus ventris Tui…[2]

La sangre se heló en las venas del asustado hombre ante la manifestación de lo sobrenatural. Se detuvo en seco y volteó a mirar hacia lo alto de la torrecilla del edificio para ver los amplios ventanales de vidrios coloreados. Efectivamente, una luz intensa se veía arder a través de los ventanales de la capilla como si un centenar de velas estuviesen encendidas adentro. El instinto de conservación de Carlos le acució ahora más que nunca y echó a correr camino al Loreto, tan rápido como pudo. Abrió apresuradamente la puerta de la casa y se encerró, volviendo a echarle llave al ducto de entrada.

Pasados los días Carlos volvió a pasar por el lugar y vio impresa en el suelo, en la esquina del lugar de la insólita aparición una frase en latín: Ave María Gratia Plena. La primera frase del Ave María en latín, con la cual las ánimas del purgatorio le recordaban que los consejos de una madre no se deben desatender, máxime un día de las benditas ánimas a media noche.

Madrid (Cundinamarca), octubre 15 de 2017


Fuente: Cogollo Ayala, Nabonazar. La Leyenda de Totachagua. Ed. Convenio: Colsubsidio-Alcaldía Municipal, Bogotá, 2019.



[1] CARLOS CORTÉS, 2001. Publicado en una primera versión en EL PERIÓDICO DE MADRID, con ilustración del artista madrileño Ernesto Moreno.

[2] Dios te salve María, llena eres de gracia, el señor es contigo, endita eres entre todas las mujeres, y bendito sea el fruto de tu vientre… (Versión en latín eclesiástico del Ave María, conocida oración católica mariana).


LA PIEDRA DEL DIABLO (relato)

 

LA PIEDRA DEL DIABLO

(relato)

Por: Nabonazar Cogollo Ayala

(Literalización de un relato oral)[1]

En lo alto del cerro de las siete jorobas, cuya máxima elevación se encuentra en la Hacienda Casablanca, se ubica aún hoy en día un imponente peñasco de granito al que los lugareños denominan piedra petaca o piedra del diablo. ¿De dónde viene el nombre? Refieren los habitantes de Madrid (Cundinamarca) que la piedra presenta una extraña actividad paranormal ciertos días del año hacia la media noche. Veamos la historia. Don Carlos Cortés nos refiere lo siguiente: “Esa piedra los días viernes santos de cada año, acercándose la media noche, se abre como si fuera una iglesia, una catedral. Y deja ver por dentro un espacio lindo, algo fuera de toda comprensión y toda razón. Todo allá adentro se ve dorado y bastante iluminado con luces como sobrenaturales. Cuenta la gente que el que ve esas profundidades ardientes y tan hermosas se siente irresistiblemente atraído por entrar en ellas. Pero es una trampa. Una vez que la persona entra en la piedra abierta no puede volver a salir de ahí y se queda atrapada en la piedra para siempre, porque esta, así como se abrió se vuelve a cerrar. Se cree que se la lleva el mismísimo diablo, de ahí le viene el nombre con que se la conoce: Piedra del diablo”.[2]

Fuente: Cogollo Ayala, Nabonazar. La Leyenda de Totachagua. Ed. Convenio: Colsubsidio-Alcaldía Municipal, Bogotá, 2019.





[1] CARLOS CORTÉS, 2017.

[2] CARLOS CORTÉS, 2017.


LOS TUNJOS O NIÑOS DE ORO (relato)

 

LOS TUNJOS O NIÑOS DE ORO

(relato)

(Literalización de un relato oral)[1]

Por: Nabonazar Cogollo Ayala

En inmediaciones de los municipios de Madrid, Bojacá y Mosquera, ubicados en el Departamento de Cundinamarca, se ubica la laguna de La Herrera. Se trata de un cuerpo de agua, considerado también humedal, que presenta 3 kilómetros de extensión en la actualidad, por 1,5 kilómetros de ancho y entre 1,5 a 2 metros de profundidad. La laguna de La Herrera ha venido en franco proceso de desecamiento en el último siglo, por cuanto originalmente formaba parte de un lago mayor que recibía aguas de varios vertederos, actualmente inexistentes. Aún recibe las aguas del río Bojacá, un delgado hilo de agua que alimenta el frágil espejo de agua de la laguna, que aún conserva parte de su proverbial hermosura. Los antiguos muiscas realizaban oficios religiosos en sus orillas y algunos cronistas nos han informado que los indígenas Panches, enemigos naturales de los Muiscas, venían a cazar en sus orillas en algunas épocas del año, procedentes quizás de la Mesa de Juan Díaz (Cundinamarca). El señor Carlos Cortés, quien es oriundo del municipio cundinamarqués de Puerto Salgar, pero quien reside en Madrid (Cundinamarca) hace más de 55 años, refiere la siguiente leyenda la cual tendría ocurrencia habitual a las orillas de la laguna de La Herrera, durante los años de su niñez.

Cuando yo era niño tenía la costumbre de ir a jugar con otros compañeritos de la Escuela Antonio Nariño de Madrid, a las orillas de la laguna de La Herrera. Mi mamá me regañaba porque según ella decía por allí salían los tales tunjos o niños de oro. El cuento era que, si uno jugaba a las escondidas entre las matas de junco y las enredaderas de La Herrera, al rato y sin saber cómo ni de dónde, salían varios niños de rostro extraño los cuales iban completamente desnudos. Eran de una belleza fuera de lo común, los cabellos eran como hilos de oro, la piel era como ligeramente dorada y eran poco más pequeños que un niño normal. Más que niños parecían muñecos. Esos niños lo convidaban a uno a jugar con ellos y a corretear patos, garzas y tinguas a la orilla de la laguna. La advertencia que mi mamá me hacía era que no fuera a jugar con esos extraños niños porque al rato de estar uno jugando con ellos el niño humano se desaparecía. ¿Para dónde se iba? El decir era que esos niños vivían en lo profundo de la laguna y que se llevaban al niño humano a las profundidades de La Herrera y de este no se volvía a saber más. Supuestamente las aguas encantadas de La Herrera se abrían en un punto y formaban una especie de avenida hacia las profundidades. Aquel era un mundo de gran luminosidad y hermosura, el humano que lo visitara ya no quería volver al mundo exterior, porque una especie como de hechizo dorado lo mantenía atado al fondo de la laguna. Supuestamente allá en el fondo de La Herrera hay muchos niños humanos, que una vez que están allí ya no crecen ni se hacen adultos ni envejecen. Se la pasan eternamente jugando con esos niños de oro y su físico no cambia. Las comidas que les dan allá abajo son deliciosas, aunque se come por comer, porque en ese mundo mágico de oro el cuerpo no se cansa ni siente la necesidad de comer, descansar o bañarse.  Es como un mundo irreal en otra dimensión. Ese es el mundo de oro de las profundidades de la laguna de La Herrera[2].  

Fuente: Cogollo Ayala, Nabonazar. La Leyenda de Totachagua. Ed. Convenio: Colsubsidio-Alcaldía Municipal, Bogotá, 2019.





[1] CARLOS CORTÉS, 2017.

[2] CARLOS CORTÉS, 2017.


sábado, 1 de febrero de 2025

LA MADRID DE ALLENDE EL ATLÁNTICO (crónica)

EDIFICIO DE LA CASA DE GOBIERNO TRADICIONAL
Madrid - Cundinamarca

LA MADRID DE ALLENDE EL ATLÁNTICO

Por: Nabonazar Cogollo Ayala

 

En el altiplano de la sabana de Bogotá, a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar a escasos 21 kilómetros de la capital colombiana, se ubica un gracioso municipio sabanero, cuya historia, tradición y leyenda se mueven entre la evocación, la magia y el ensueño. Esta Madrid de ultramar, ubicada en el corazón mismo de la provincia de Cundinamarca, será la pequeña ciudad donde se ubicará el eje central del presente relato…

Año 1997. Llegué muy temprano al parque central del centro histórico de Madrid, otrora denominada Serrezuela… La verdad nunca había estado en este pequeño poblado de la provincia cundinamarquesa de sabana occidente. La fría niebla matinal cubría las históricas casas de techos de tejas coloradas del centro del parque. Espigadas coníferas hundían sus copas en el nublado cielo donde el astro rey no osaba asomar sus narices y mucho menos a las 6:20 de la mañana. ¡Dios mío, cuánta hermosura y sabor a pretéritos tiempos coloniales se podía respirar en esta pequeña ciudad de la sabana de Bogotá! –pensé-. El parque cuadrangular del centro se mostraba empedrado, recatado por urapanes, palmeras y hermosas araucarias. Dos avenidas perimetradas de sendos jardines se entrecruzaban en su centro a la manera de una gigantesca cruz de Borgoña. Me decidí y empecé a cruzar tímidamente una de ellas, la más oriental. Parecía como si yo me adentrase en el paisaje urbano de la legendaria Cámelot de Arturo y Merlín o al menos esa figura fue lo más parecido que los subterfugios de mi mente hallaron para decodificar un poco el mundo neblinoso que ante mis ojos se estaba develando. Una vez hube ganado el centro angular de la cruz, me pareció como si estuviera de pie en la atalaya misma del universo… Me detuve ahí unos instantes y miré en derredor. A mi izquierda emergió la figura de un imponente templo de piedra, con rejerías de negro hierro, adornadas con arabescos tipo medieval. El severo perfil de su frontón fue lo primero que captó mi mirada que se centró en el anagrama tallado en piedra JHS.

Posteriormente supe que se trataba del templo de San Francisco de Paula, cuya construcción había sido iniciada hacia 1895, con el apoyo de los hacendados locales. ¡Madrid había sido hasta unas décadas atrás refugio proverbial de los grandes dignatarios del gobierno nacional, quienes se evadían entre sus paradisíacos paisajes del ajetreado mundillo capitalino! Prosiguiendo con mi barrido visual, fui descubriendo uno a uno los edificios del perímetro de aquel parque que después supe que se llamaba Pedro Fernández Madrid, en honor de un escritor neogranadino quien había nacido en la Habana (Cuba), por azaroso concurso de las circunstancias y que había fallecido en Madrid en 1875. Ante mis ojos emergieron el despacho parroquial, un colegio de niños, dos grandiosas residencias de familias acaudaladas y las oficinas del ayuntamiento. Esta última era una esplendida casona estilo colonial con algunos elementos republicanos… ¿acaso fue la casa hacendística donde otrora vivieran don Pedro Fernández y su encantadora esposa doña Vicenta Martínez de Madrid? Probablemente sí, pero esto último no lo he podido determinar con certeza histórica. El escritor quiere creer que sí y llevado en alas de la imaginación, vislumbra a Pedro y Vicenta asomados en ese estilizado balcón mudéjar, contemplando el frío amanecer de la vieja Serrezuela, ataviados a la usanza colombiana decimonónica. Pero el rígido investigador científico se resiste y exige evidencias históricas documentales de primerísimo orden, para asegurar la veracidad de dicho aserto. Mientras esta incruenta batalla mental entre mis dos yoes irrumpe en el presente, prosigo con la evocación retrospectiva de mi primera experiencia visual en el centro histórico de Madrid. Ahora a mi derecha emergía una larga edificación provista de balcones bajos y tejados color terracota, la cual exhibía un purísimo tono de inmaculada cal que resguardaba una gruesa alma de adobe.

Las cuatro pequeñas calles del perímetro del parque dejaban entrever vestigios coloniales. Otrora habían estado adoquinadas, en tiempos de la república levantaron el precioso adoquín para reemplazarlo por macadam. Y en tiempos del frenético siglo XX habían sido pavimentadas conforme ahora se me revelaban. Mi yo imaginativo, coaligado ahora en amable contubernio con Merlín, me jugó una mala pasada: de repente vi venir una calesa tipo imperial española que ascendía desde la calle de la Alcaldía. En el vehículo se dejaba ver una pareja de señores, ya mayores quienes hacían su ingreso estelar a la otrora plaza Pedro Fernández Madrid. Se trataba del multimillonario don José María Sierra, más conocido en Colombia como don Pepe Sierra, y su amable esposa, la altruista doña Zoraida Cadavid de Sierra. El señor, dueño de una voluminosa humanidad, vestido con impecable paño inglés, sombrero de fieltro y luciendo un reloj de bolsillo que pendía de una cadena de plata. El adusto caballero, una vez el vehículo se detuvo frente a una de sus múltiples residencias del perímetro del parque, saltó a tierra con la agilidad de un chicuelo de veinte años y mientras mantenía con una mano la portezuela abierta, extendía su diestra de caballero a su refinada esposa. Doña Zoraida, asida de la mano enguantada de su esposo y haciendo gala de femineidad, sentó turnadamente sus pequeños tacones en el frío adoquín, mientras acababa de bajar de aquella calesa de cuento de hadas. Yo contemplaba extasiado aquella maravillosa escena de comienzos del siglo XX, quizás de 1901. Me había sentado en una de las bancas esquineras del parque, cuando una voz de niña adolescente me sacó de mis deliquios…

– ¡Señor! ¿Es usted el profesor de filosofía que iba a venir al colegio?

– ¡Sí hija, claro! Soy yo… Ya son las 8… la hermana rectora del Instituto le manda decir que lo está esperando en el refectorio. Si quiere yo le digo dónde es…

-Claro, gracias…

Hasta aquí llegó el hechizo del mago Merlín, pero jamás lo olvidé. Ahora, 21 años después, me decidí a escribirlo para mis amables lectores. Espero sean indulgentes con él.

 2019




 

sábado, 12 de agosto de 2023

LA VACALOCA (crónica)

 



LA VACALOCA

Por: Nabonazar Cogollo Ayala

(Crónica) 

     Corría el año 1949 y en la entonces apacible localidad de Madrid se mantenía una vieja costumbre que, al parecer, se celebraba aquí a imitación del vecino municipio de Mosquera, a donde habría llegado procedente de España de la mano de las costumbres taurinas. Estamos hablando de la Vacaloca. ¿Qué era la Vacaloca? Veamos…

     Para el mes de mayo las señoras piadosas de la señorial Madrid tenían por costumbre ir al templo de San Francisco de Paula a rezar el santo rosario a la Virgen María. Se rezaba a lo largo del día en el turno de la mañana, a medio día y finalmente por la tarde y noche. Madrid vivía entonces al ritmo de las festividades religiosas porque era un poblado muy devoto y conservador, entregado de lleno a las celebraciones piadosas del santoral católico. Era un gusto ver a las señoras de alta clase social y media, muy elegantes, enfundadas en sus blanquecinos trajes de vaporosos encajes ribeteados de seda y encajes de fino bordado, taconeando presurosas, llevando entre sus temblorosos dedos la infaltable camándula de nacaradas perlas.  Iban tocadas con mantellinas traslúcidas que les cubrían cabeza y rostro en un refinado toque de elegancia femenina.  Se las veía ir y venir por el parque Pedro Fernández Madrid, entre los girones de la fría niebla del mes de mayo, al tiempo que en el fondo se dejaba escuchar el lúgubre llamado del tañir de las campanas, orgullo de todos los madrileños, entre los acordes de la música sacra del órgano. Sucedió que, llevados por el espíritu de la tomadura de pelo, varios jóvenes de Madrid, años atrás, habían tenido la siguiente iniciativa: Uno de ellos (quizás el más alto), se vestía con camisa y pantalón negros. En la cabeza se encasquetaba una especie de artilugio hecho con un cráneo de vaca provisto con grandes cuernos arqueados, que le regalaban los matarifes locales. El muchacho así vestido quedaba entonces caracterizado a la manera de un minotauro, con el agravante que, a los cuernos, generalmente alargados les encendía las puntas con sendos mechones de trapo humedecido en petróleo lo que le daba una apariencia amenazadora e intimidante. Decía Efraín Ramírez lo siguiente:

     El que generalmente hacía eso era uno de los Copajita llamado Israel, que era un hombre brioso, de estatura mediana y bastante atrevido… ¡Ese no le tenía miedo a nada! Como mi papá era matarife y yo le ayudaba a él en la fama, Israel me encargaba que le guardara la cabeza de vaca más grande que tuviera, con los cachos más bonitos. Yo se la guardaba y se la regalaba...

     Él entonces la cogía, la pelaba, la secaba y la pintaba toda de negro. Los cachos los forraba en la punta con tela de lona. El cuerpo de la Vacaloca –como él la llamaba- era una especie como de camastro cilíndrico, hecho con listones de madera forrados con tela negra. Él metía la cabeza en ese armatoste y en las noches del mes de mayo cuando las señoras salían de misa, hacia las 7 u 8 de la noche de la iglesia, él salía entonces al parque, seguido por una cuadrilla que iba tocando tambores, maracas y haciendo bulla y relajo… Iban gritando…

- ¡Ahí viene la vacaloca! ¡Cuidado! ¡Ahí viene la vacaloca!

Y el fontanero de Madrid por entonces, Pedro el gibo, era el que le iba haciendo la faena a la manera de torero, haciéndole lances y retos con una muleta y su capea…

- ¡Ahí viene la vacaloca! ¡Ahí viene la vacaloca!

Un verseador espontáneo improvisó esta coplilla…

¡Ahí viene la vacaloca!

Que el cacho se le biroca

¡La tranca las vuelve locas!

¡Ahí viene la vacaloca!

     Retumbaban los tambores y el séquito de señoras, tan pronto que veían venir a semejante cuadrilla de saltimbanquis presididos por aquel minotauro madrileño, echaban a correr espantadas. Israel Copajita las perseguía entonces y las señoras corrían como alma que lleva el diablo a través del parque Pedro Fernández Madrid. Algunas se escondían presurosas en las casas de los alrededores que les servían de burladeros ante la furia de la incontenible vacaloca. Las carcajadas y la diversión eran entonces generales. Todos reían divertidos menos las señoras perseguidas, quienes llegaban indignadas a sus casas poniéndoles las quejas a sus familiares…

- ¡Nos parece el colmo! ¿Qué falta de respeto es esa? ¡Ya no respetan ni a la Santísima Virgen María!

     Aquel año 1949 las cosas pasaron a mayores. Sucedió que como cada año la tradición de la vacaloca se realizó una vez más. Las encopetadas señoras rezanderas salieron del templo, pasadas las 8 de la noche, cuando sin más allá y sin más acá se les vino encima semejante demonio que era Israel Copajita vestido de esa manera que imitaba al mismo diablo y no dejaba títere con cabeza. Las señoras echaron a correr, a unas se les cayó el rosario, a otras los chales y a otras más hasta los misalines. Las risotadas conturbaron los cimientos mismos del parque Pedro Fernández Madrid, la indignación de las señoras no se hizo esperar.  Al día siguiente en la sacristía del templo, en horas de la tarde, se verificó la siguiente escena:

- ¡Padre Isaac! Lamentándolo mucho, pero tenemos algo muy grave que decirle…

- ¿Qué será, señoras? ¡Las veo muy alteradas!

- ¡Pues no es para menos, Padre! Mire usted, anoche salimos después de cumplir con el sagrado deber del rosario mariano y esos malnacidos de su tal vacaloca se atrevieron a meterse con nosotras…

- ¿Cómo fue eso?

- ¡Sí, Padre! Nosotras íbamos saliendo de la iglesia, cuando de repente, del lado de la casa del doctor Leopoldo Córdoba apareció un tipo vestido de negro, con cabeza de vaca en la cabeza y unos cachos encendidos con mechones de candela. Pero venía con una cuadrilla como de diez o quince más, que le hacían camarilla y tocaban tambores, gritando como locos. Pues esos descreídos arremetieron contra nosotras y nos persiguieron, Padre… ¿puede usted creer?

- ¡Ah sí! Algo así ya me habían contado de años anteriores…

-Nos asustamos todas y salimos corriendo y más nos corretearon. ¡Eso yo boté mi biblia pequeña que me la había bendecido el señor obispo de Bogotá!

- ¡Y yo perdí la camándula de perlas que mi esposo me había traído de Cartagena!

-Padre, ¿sabe qué? Como estamos solas e indefensas ante esos facinerosos, nosotras no nos vamos a prestar más para ser burla de nadie. ¡No volveremos más a rezar el rosario en la iglesia, ¡Padre, con el dolor del alma! ¡Ya decidimos que lo vamos a seguir rezando en la casa de las señoras Tello, que allá nadie nos persigue!

- ¡No mis señoras, no me digan eso! ¡La casa de Dios es la casa de ustedes!

-Sí Padre, pero… ¿quién nos garantiza nuestra seguridad cuando salimos del templo, ah?

- ¡Bueno muy bien! (El Padre Isaac Fernández ahora con actitud contundente y enérgica). Esta noche, cuando hayamos terminado el rosario de la santísima Virgen, yo mismo en persona las acompañaré a través del parque a ver si conmigo se van a atrever esos desgraciados… ¡Vamos a ver hasta donde les llega el atrevimiento!

     Esa noche, muy al filo de las 8:15, salió la comitiva de señoras, más nutrida que la noche anterior, como quiera que iba presidida por el párroco municipal en persona. Salieron todos al atrio de la iglesia, el Padre miró a derecha e izquierda…

- ¡Pues nada por aquí, nada por allá, mis señoras! ¿Sí lo ven? ¡No hay nada que temer como lo pueden ver! ¡La virgen María nos cubre y protege ahora con su manto!

Envalentonado el Padre Isaac bajó parsimoniosamente las elevadas gradas de piedra del atrio…

- ¡Vamos mis señoras! Nadie se va a meter con nosotros.

No bien habrían caminado unos metros frente al atrio, cuando de repente…

¡Ahí viene la vacaloca!

Que el cacho se le biroca

¡La tranca las vuelve locas!

¡Ahí viene la vacaloca!

- ¡María Santísima, Padre Fernández! ¿No se lo dijimos? Mire, ahí vienen esos malnacidos otra vez…

- ¡Calma, calma mis señoras! No se me asusten… Vayan y escóndanse en el antejardín de la casa esquinera que yo les voy a hacer frente… ¡Conmigo no se atreverán, ya van a ver!

     El Padre Isaac Fernández entonces, se plantó en medio de la carrera cuarta, oprimiendo contra su pecho el Misal Romano Diario, en su versión latina, a modo de única defensa contra el mal… Copajita vio la actitud retadora del presbítero y aun así no se dejó intimidar, prosiguió con su cabalgata desafiante de la vacaloca… Cuando ambos hombres estaban quizás a dos metros de distancia, el cura Fernández vociferó la siguiente invocación en la lengua de Ovidio…

 

Custodi me, Domine, de manu peccatoris: et ab hominibus iniquis Eripe me

(Defiéndeme Señor, de las manos del pecador y líbrame de los hombres inicuos) 

     Latinajos que poco y nada entendió Copajita pero que no lo detuvieron en su andanada infernal… El hombre de la vacaloca arremetió insensiblemente contra la sacral persona del Padre Fernández, en medio del aspaviento y escándalo de las señoras más próximas que no habían atinado a alejarse demasiado. El Padre Fernández venía enfundado en su casulla negra y envuelto en una tibia ruana color blanco inmaculado. Copajita bufaba como un auténtico toro y enfiló los flamígeros cachos a la cara del sacerdote, quien en un rápido movimiento logró esquivarlos una y hasta dos veces. El hombre-toro le lanzó fuertes andanadas con toda la fuerza de su cuerpo, que, de haber dado de lleno en la humanidad del sacerdote, quizás le habrían propinado fuertes contusiones y heridas. Iba Copajita, se reponía y volvía, con toda la fuerza de un hombre en su segunda juventud… El Padre, que aún no salía de su estupor lo esperaba, entre grandes sermones e imprecaciones…

- ¡Respete, que yo soy un ministro de Dios! ¡El anatema de Dios Padre del Universo caiga sobre ti, maldito!

     El tercer envión fue más fuerte y contundente, alcanzó a darle en uno de los hombros al Padre, cuya ruana acabó tiznada por los carbones encendidos de uno de los cachos. El Padre no alcanzó a evitarlo y una de las astas rozó su mejilla, alcanzando a quemarlo un poco. Ante estos niveles inesperados de violencia, el Padre optó por la retirada y echó a correr dentro de la iglesia. Seguro pensó que Copajita no sería capaz de seguirlo hasta allá. ¡Se equivocó!

     El hombre-toro, rumiando ahora su triunfo inicial sobre el presbítero, lo persiguió templo adentro, acompañado por varios de los suyos. El Padre Fernández, fuera de sí e interpretando en un momento aquella flamante intrusión como un sacrilegio sin precedentes en la casa de Dios, se acercó a uno de los grandes ventanales de la nave oriental y se armó con una larga tranca de madera a modo de macana justiciera...

- ¡Ahora sí veremos de a cómo nos toca, so hijo de Satán!

No se amilanó por este nuevo y definitivo reto, Copajita. Y con uno de los cachos apagado y el otro a toda mecha, lanzó un nuevo envión contra el Padre. El sacerdote sacando fuerzas de flaquezas empezó a propinarle tremenda paliza a la cabeza de vaca de Copajita. Uno, dos, tres y más palazos recibió el artilugio…

- ¡Toma, toma! ¡Esto es por agraviar a la Santísima Virgen en su casa! Esto es por San Francisco de Paula, esto es por la Santísima Trinidad, esto es por Dios Padre creador del universo…

- ¡Padre, Padre! ¡Perdóneme, Padre! ¡Ya salgo de aquí, ya me voy, ya me voy!

- ¡Y que no se vuelva a repetir, carajo! ¡Que la casa de Dios es sagrada y se respeta! ¡Y yo también merezco respeto! ¡Oyó!

¡Sí Padre, sí...!

     Tanto palo recibió la cabeza de vaca que acabó desencasquetándose de la cabeza de Copajita y cayendo al suelo, ya completamente apagados sus cachos. Copajita y sus secuaces salieron huyendo despavoridos del templo de San Francisco de Paula. El sacerdote cerró las imponentes puertas frontales y dio un suspiro de alivio. ¡Se ganó una batalla más del bien contra el mal! ¡Gracias Dios mío! Se repitió para sus adentros.

     Muy en la mañana, el Padre Isaac Fernández atravesó presuroso el parque Pedro Fernández Madrid, acompañado de algunas respetables damas de la alta clase social madrileña, rumbo a la alcaldía local. Pidió audiencia con el señor alcalde, que para aquellas calendas era don Alfonso Pinilla. Entre grandes gritos y aspavientos el Padre Fernández le hizo un relato pormenorizado al burgomaestre de los hechos acaecidos la noche anterior en inmediaciones de su despacho.

- ¡Señor alcalde! Por el bien de esta parroquia y de todo el rebaño de esta grey, solo le pido yo en nombre de todos y cada uno de mis feligreses: ¡Ordene por decreto la prohibición de esa festividad pagana y sacrílega llamada la vacaloca!

-Pero Padre, sosiéguese y entienda que esa es una tradición de vieja data que es muy difícil arrancársela al pueblo…

-Bueno, entonces escojan… ¿O su tal vacaloca o le

pido al obispo de Bogotá el cierre definitivo de esta parroquia?

- ¡Su excelencia! No diga eso ni en chiste, no es para tanto. ¡Ya de una vez empezamos a redactar el decreto! Usted gana, padre…

     Y por decreto ejecutivo del alcalde Pinilla la festividad popular de la vacaloca quedó prohibida hasta nueva orden. Años después cuando ya el Padre Fernández había fallecido la resucitaron una vez más, aunque disminuida en su calidad, bríos y efectos iniciales. Y esta fue la historia de la vacaloca que en Madrid (Cundinamarca) diera pie para tantos y disímiles hechos, que hoy en día nos hacen sonreír y nos permiten atisbar un poco cómo era el diario vivir del Madrid apacible, señorial y solariego de la primera mitad del siglo XX. Agradecimientos especiales a don José Efraín Ramírez (q.e.p.d.), gracias a cuyos invaluables datos históricos fue posible reconstruir y elaborar esta crónica literalizada para deleite de todos.

Madrid (Cundinamarca), noviembre 23 de 2018

 

 




sábado, 10 de junio de 2023

EL CERRO ZITAGUA COMO SÍMBOLO DE PAZ EN SUGASUCA (Cuento con base mítico-legendaria local)

 

 

EL CERRO ZITAGUA COMO SÍMBOLO DE PAZ EN SUGASUCA

(Cuento con base mítico-legendaria local)

Por: Nabonazar Cogollo Ayala

 

Cuentan los viejos en Madrid y los más viejos entre los viejos que de las cristalinas aguas de la laguna de La Herrera solía salir en las noches de luna llena una enorme serpiente negra con unos colmillos como puñales y ojos como brasas encendidas. Aquella pavorosa serpiente era enviada por Huitaca, la malvada diosa muisca de las lluvias torrenciales, los terremotos y las plagas. ¿Y por qué la mandaba? Porque en el pueblito de familias muiscas que estaba en este territorio gobernaba el capitán indígena Sugasuca o Subiasuca. La rencorosa Huitaca exigía sacrificios de los niños del pueblo y como no se los daban, entonces enviaba aquella terrible serpiente negra las noches de luna llena para que se comiera a los hijos pequeños de las familias muiscas y vaciara también, con  su terrible lengua abierta en dos, los vientres de las señoras embarazadas. El capitán Sugasuca salió en varias noches junto con los guerreros jóvenes más acuerpados del pueblo en búsqueda del terrible monstruo, pero nunca lo hallaban, porque este se zambullía habilidosamente en las aguas de la laguna para escapar de su castigo. Este pueblo sufría mucho entonces por el azote de la diosa Huitaca y la cruel serpiente que significaba la muerte de sus vástagos y por ende de su futuro.  

 Pasó entonces que, andando a pie desde el vecino poblado de Hontibón, llegó el gran sabio Bochica a quien también llamaban Neuterequetua, enviado de los dioses para educar y civilizar al pueblo. Sugasuca salió lloroso por la emoción y recibió con los brazos abiertos a aquel sabio emisario del gran Chiminigagua, dios creador y señor de las luces en el cielo.  Sugasuca lo acogió con grandes muestras de afecto y lo alojó en una hermosa casita circular en el centro del poblado con abundante provisión de agua y comida.

 Aquella noche a la luz de una gran fogata le refirió los padecimientos de su pueblo por cuenta de la serpiente que cada luna llena mandaba la diosa Huitaca. Bochica montó entonces en cólera y le juró a Sugasuca y a su pueblo que en el próximo plenilunio libraría sin igual combate contra el ofidio para desterrarlo por siempre de aquel territorio amado. Tres días antes de la luna llena Bochica se dirigió a las orillas de la laguna La Herrera y se dispuso a prepararse espiritualmente para el sin igual combate que lo esperaba. El sabio entró desnudo hasta el cuello a aquellas aguas sagradas y se mantuvo ahí en actitud contemplativa meditando durante tres días enteros con sus noches. El último día cuando ya brillaba en el firmamento la luna como un gigantesco diamante ya Bochica estaba listo y espiritualmente fortalecido. Salió de la laguna al atardecer, comió después del prolongado ayuno y se armó de un poderoso bordón hecho con la sagrada madera del árbol conocido como Pedro Hernández en cuyo cuerpo había labrado símbolos mágicos y sagrados de gran poder combativo.  

 Bochica se sentó entonces a las orillas de la laguna y aguardó a que brillara la luna para ver aparecer la serpiente. Al caer de la tarde los pajaritos sabaneros y las cigarras empezaron a cantar sus más bellas melodías. Bochica no se inmutaba en actitud contemplativa como el sabio varón que era, consentido pleno de los dioses. Cercana la hora en que las ranas cantan emergió en el firmamento el esplendor de la luna llena con toda la luz sobrecogedora que el gran Chiminigagua le prestaba. Bochica entonces se paró en actitud altiva en un montículo cercano a la orilla y le gritó así a la serpiente que aún no se dejaba ver…

 -¡Huitaca, Huitaca! ¿Dónde estás? Ahora que emergió en el firmamento la gran diosa Chía de la luna… ¿Por qué no mandas a tu monstruo asesino? ¡No se volverá a comer un solo niño más de Sagazuca porque aquí estoy yo para defenderlos! ¡Este pueblo me es sagrado y lo amo como el que más! ¡Pueblo amado donde reinan la paz y la concordia! ¡Aparece, ven y pelea, monstruo asesino!

Terminadas estas palabras retadoras las aguas de la laguna se rebulleron de manera violenta y en el corazón del gran cuerpo de agua comenzó a emerger la cabeza intimidante de aquel monstruo con ojos de fuego. Enfiló entonces su enorme cabeza trapezoidal hacia el montículo donde estaba Bochica, mientras su gigantesco y elástico cuerpo se contorsionaba amenazador elevando la estatura de la serpiente varias decenas de metros.  El animal le lanzó un primer mordisco a Bochica quien lo esquivó apenas a tiempo. Pero los lances se repitieron uno tras otro con rapidez, hasta que uno de ellos rasgó la túnica sagrada del sabio quien cayó al suelo con varias contusiones en el cuerpo y algunas heridas.  Estando en tierra imploró la ayuda de Chiminigagua. En el cielo unos negros nubarrones se encresparon y un poderoso relámpago a la manera de un látigo de fuego golpeó en el bordón de Bochica. La herramienta se convirtió instantáneamente en una espada de fuego. El sabio se incorporó animado por esta ayuda repentina y lanzó entonces una poderosa descarga flamígera contra la serpiente a la manera de un rayo que rasgó la piel de la aparición. Esta última se revolvió furiosa entre dolor y espanto ante aquel inesperado y fulminante ataque.  ¡Los chillidos de la serpiente se escuchaban a varias leguas de distancia y llegaron hasta los bohíos del poblado donde la gente estaba resguardada en sus casas orándoles a los dioses por la victoria de Bochica! El animalejo aquel se contorsionaba porque el embate había sido mortal. Entre agónicos estertores el gigantesco cuerpo de la serpiente cayó pesadamente cerca del poblado haciendo temblar la tierra entre los últimos espasmos. Chiminigagua hizo brillar más las estrellas en el firmamento y lanzó luces celestiales sobre aquel moribundo cuerpo negro que empezó a adherirse mágicamente al suelo de la sabana, para convertirse gradualmente en el Cerro de las Siete Jorobas. Bochica miró aquel prodigio con rostro sereno y dijo entonces con voz tonante…

 -Amado pueblo de Sagazuca, ya te he librado de esta maldición con la ayuda y el poder del Gran Chiminigagua. ¡Ahora este cuerpo del mal se convierte, por el poder de los dioses, en un hermoso cerro que se llamará desde hoy Zitagua o Cerro de la Culebra! ¡En la cabeza de este cerro vivirás para siempre, Sagazuca, para que pises con tus pies la cabeza de la serpiente como símbolo de dominación y triunfo!

 Sagazuca y sus hombres armados que vieron aquella feroz contienda ocultos entre los follajes de la orilla de la laguna habían salido ya de sus escondites y le daban palmas y vítores a Bochica victorioso… La quietud de las aguas de la laguna que hacía pocos momentos había regresado luego de la feroz pelea, se volvió a ver turbada ahora por unos maravillosos canticos de paz y victoria entre la niebla de su atmósfera…  

 -¡Que viva Bochica, señor del triunfo, la concordia y la tranquilidad en la tierra de nuestros padres! ¡Que viva Bochica el sabio, el hombre aconsejador, el orientador!

 Bochica entonces se hincó de rodillas y besó el suelo del territorio de Sugasuca, cogió emocionado entre sus manos un gran puñado de tierra y lo elevó en actitud ceremonial hacia los cielos diciendo estas palabras:

 -¡Esta tierra sagrada la consagro y bendigo como tierra de paz, concordia y tranquilidad! Aquí un día llegarán los hijos del día y en ella se aposentarán, pero aun así, seguirá siendo tierra de paz en el confín de los siglos y el tiempo ilímite; porque los dioses de nuestros padres y abuelos así lo decidieron…  ¡Gloria a los dioses de las alturas!

 Al amanecer en la laguna un coro de copetones y de mirlas elevó un hermosísimo canto a la manera de un himno de Victoria a Bochica, que le daba la bienvenida a la paz y la concordia en el ancestral territorio del capitán Sugasuca. Este último construyó su bohío principal en la anchurosa cabeza de piedra y morrenas del cerro Zitagua, desde donde dominaba todo el territorio que gobernaba el cual se admiraba lleno de frondosos maizales y lagunas donde emerge la vida.  Uno de los dos promontorios que hacían las veces de cuernos de la serpiente existe hoy en día con el nombre Piedra del Diablo y de ese peñasco se cuentan prodigios maravillosos. En el otro promontorio se aprecian dibujos grabados en la piedra que confieren a quien los observa una sensación indescifrable de paz, serenidad y tranquilidad que parece  que viniera de las alturas.   Y quien logra llegar a la parte más alta del cerro nota cómo de manera inexplicable en su alma resuenan unos versos tranquilizadores, cuyas primeras líneas dicen quizás así…

¡Sagazuca, Subiasuca! ¡Tierra amada de los padres!

Cuya historia difumina su grandeza entre los tiempos…

¡Eres paz, eres labranza, juventud que lucha y sabe

Las grandezas ancestrales de tu historia en sus comienzos!

 

Si tu nombre convirtieron en Madrid o Serrezuela,

Si tu suelo fue acuarela del maíz en lontananza…

¡Hoy emerges con el fuego de la paz que es tu bandera!

¡Hoy levantas en tu cerro el pedestal de la esperanza!

 

¡Sugasuca, Subiasuca! ¡Tierra amada de los padres!

Hoy tus hijos te juramos defender aquel legado…

Que nos llega en la leyenda del abuelo que más sabe

¡Como un sol identitario entre la paz reconquistado!

 

Madrid, Cundinamarca

Octubre 24 de 2019